Un día más con vida |
Notas (y fotos) portátiles |
Quien más quien menos todos sabemos que hay dos tipos de entrenadores de fútbol; que es tanto como decir, reduciéndolo todo a la esencia, que hay dos tipos de hombres: los chapados a la antigua y los románticos del rotring y el cartabón. Una distinción que bien podrían ejemplificar Luis Aragonés y Pep Guardiola. El uno, con sus refranes y su chándal y el otro con sus suspiros y sus chalecos planchados. No es una cuestión de ideologías, sino de método. Los guardiolas prefieren seducir desde la distancia, mientras que los sabios de Hortaleza prefieren mirar a los ojitos, ganarse el respeto del otro comiéndole la oreja.
Ese último era un poco el estilo Chávez: vestirse un chándal para recordarle al pueblo que la unción presidencial no le exime a uno de su condición humilde. Es practicar una suerte de liturgia anticastrense: el chándal es el antiuniforme. Nada más populista que ir ataviado como tu suegro cuando sale un domingo a comprar La Razón.
Los dos hombres que parecen disputarse su legado comparecen en esta foto. A la derecha, Diosdado Cabello vestido de Guardiola, y a la izquierda, Nicolás Maduro, con el único traje de luto que admite la circunstancia. Parece claro quién entrenará a Venezuela.
Foto: AFP / Deia
Uno querría remover ojeroso el café del madrugón del lunes, malograrse la barba ante el espejo, calzarse torpemente la corbata, coger las llaves y salir a la calle fría de enero. Después, raspar la escarcha de la luna del coche durante varios minutos mientras repasa mentalmente la reunión de las once, las llamadas pendientes, las clases de inglés y digiere aún la comida de ayer con el cuñado. Notar el cóctel de la derrota en la espina dorsal mientras embragas y te ajustas el cinturón para matar a la semana.
Y, tres segundos más tarde, de súbito, enloquecer como Sabine Moreau. Encender el GPS y en lugar del destino cotidiano de la oficina, dictarle Zagreb. Y conducir. Por el camino, tomar café solo y donuts en las gasolineras, pararse a dormir en las cunetas, embestir sin querer a un gilipollas. Sólo por placer. Y dos días después, sencillamente, confesarle a la Policía que estabas distraído.
FOTO: Nieuwsblad.be / elmundo.es
El primer GIF animado de la historia lo creó Eadweard Muybridge en 1878. Este artículo de Wired recuerda cómo fue el afán de este fotógrafo por capturar la elegancia del galope de un caballo de carreras. Tras cientos de años de evolución, y en un tiempo en que el vídeo bien podría haber desbancado totalmente a esta fórmula arcaica, los GIF viven una segunda juventud. Son un atajo intermedio entre el bombardeo de fotos y películas, una posibilidad de reproducir ad infinitum un gesto sublime o un momento hilarante en dos o tres fotogramas escogidos y adosados.
No parece sólo una moda vintage, sino la manifestación de que, a veces, no nos basta con un frame aislado y un video completo acaba por abrumarnos. Necesitamos quedarnos en esos dos o tres segundos de realidad, pausar la vida y tomarnos un respiro, que, aunque leve, se reinicie para siempre.
Convengamos en que el capitalismo, como toda buena ideología pujante, vive condenada a la contradicción. Se supone que esta es la doctrina menos encorsetada, la que propone que cada cual se busque la vida en la medida de sus posibilidades, sin que para ello tenga que molestar al vecino más allá de lo razonable. Pero mientras vindica ese libre albedrío, aspira también a un orden cartesiano en el que cada cosa cuadra en su lugar y cada hombre halla su camino precisamente porque se ha orientado él solito, sin muletas ni brújulas ni subvenciones del PER.
Esos coches que hormiguean veinte pisos más abajo en busca de un aparcamiento libre componen, sin quererlo, una danza en honor a la contradicción seminal del capitalismo. Nadie les obliga a estar ahí, en uno de los párkings más caros de España, peleando por una plaza que sus dueños pagarán a precio de oro para poder dedicar la mañana a fundir la visa en regalos de Navidad. Y, sin embargo, es como si no pudieran estar en otro sitio. Hasta para hacer una penúltima ofrenda al dios del derroche hay que dar codazos para hacerse un hueco.
Foto: Alejandro Mora (o Instagram, no lo tengo claro)
Foto: Julián Martín
Iniciar el año es contradecir a la realidad. La realidad tiende a reclamarnos sedimento; para que todo parezca real debe representarse un simulacro cotidiano que nos señale cada cosa en su sitio y Dios en la de todos. Necesitamos lunes para invocar esa realidad, no esta catarsis que cada 1 de enero tiende a empujarnos a hacer propósitos de enmienda y promesas a las nubes. Nada más cotidiano que la vida tras las rejas. En las películas aprendimos que en prisión los días son rayitas de tiza tachadas con mansedumbre al pie del catre. Por el cine sabemos también que sólo la promesa de una escapada heroica alienta al reo: la cucharilla escondida en la almohada con la que cada noche perfora la pared de la celda. Nos enseñaron que el reo construye su nueva libertad con tiza o con cuchara. Con paciencia, contrición o arrojo. Y, sobre todo, en soledad. Nos parece muy feo que hoy a los reos los vayan a visitar señoras rubias en Año Nuevo.
(Source: politica.elpais.com)
No fue la primera planta que tuvimos, pero que desde que iniciamos nuestra emancipación programamos hacernos un día con un ejemplar de especie. Es elegante, rotunda, esas hojas sencillas y enormes proclaman algo significativo. En el primer traslado, cuando de veras la convivencia pareció asentarse y hubo un hueco en el salón, adquirimos el ansiado ficus. Lo colocamos en un lugar prominente, bajo la ventana principal, para que fuera la primera en lucir. Pronto, nuestra desidia y su falta de aclimatación tras sucesivas mudanzas hicieron que sufriera. Pero fuimos cuidadosos, y sólo aquel esmero logró prolongar sus mejores años. La sensación de que un ficus así merecía el esfuerzo y los desvelos. Hubo un trance en el que creímos que lo peor había pasado. Entrada la primavera, la planta cogió color, y aunque algunas de las hojas más grandes amarilleaban, también brotó alguna nueva, verde, diminuta, al pie del tronco. Pareció la promesa de un restablecimiento, pero hoy, cuando la hemos guardado en una bolsa gris para tirarla al cubo de la basura, hemos confirmado que aquellos brotecillos no eran más que el canto del cisne.
- ¿Qué habremos hecho mal?, - se lamenta ella -.
“Casi todo”, pienso. Quisimos curarla cuando todavía no estaba enferma. Terminamos contagiándole nuestro pesimismo, y, al final, ningún médico salva a un paciente al que ha convencido previamente de que lo suyo es incurable. Tampoco debió darle muchas esperanzas el ver cómo poblábamos el salón con nuevas plantas que parecían más sanas y más verdes. Aunque al poco tiempo también nos cansamos del resto de plantas y ya casi parecían un estorbo para el conjunto de la decoración. Algunas las fuimos regalando, mientras dejábamos al ficus en su lugar prominente, para que el sol terminara de ajarlo.
Proclamamos entonces, a quien quiso oírlo, que el ficus nunca terminó de adaptarse a nuestro modo de vida, y que lo mejor era podarlo lo más posible, recortar casi todo lo marchito para ver si revivía. Mentimos. Secretamente, sabíamos que la poda era la antesala de la muerte. Ahora el salón luce más amplio y más limpio, sólo con un par de plantas pequeñas que por supuesto no estorban tanto como el ficus. Ya pensaremos qué hacer con el estupendo hueco que ha quedado bajo la ventana.
Tendemos (yo, al menos) a asociar la literatura con la contemplación y el aislamiento. El estereotipo es tan solemne que casi no admite réplica: la figura del lector, apalancado, abstraído de su contexto, refugiado del afuera entre las páginas. El complemento es esa imagen del escritor, todavía más mitificada: sentado en su escritorio, buscando el confinamiento y la quietud que propicien el flujo de la escritura.
Y sin embargo, la literatura es movimiento. Casi ningún relato puede prescindir de la experiencia, sea cual sea el grado de realidad que asuma. La experiencia mana del descubrimiento de otros lugares, del roce con otra gente y otros climas. Se puede conocer poco desde el sofá o desde el escritorio. Se puede imaginar aún menos si no hay de dónde empezar a divagar. Es una asunción que pocos escritores negarán en último término; un paradigma que impregna de principio a fin Australia. Un viaje, de Jorge Carrión.
En el verano de 2002, durante dos meses, Carrión recorrió de costa a costa aquella isla-continente con el propósito de husmear el rastro de la emigración española en Oceanía durante la dictadura franquista. Para un español, no hay ningún lugar en la tierra que represente mejor la lejanía del hogar que las antípodas: el continente australiano. Resulta que unos años después de la posguerra, los gobiernos de España y Australia gestionaron el éxodo de unos ocho mil españoles hasta Oceanía, fundamentalmente para cubrir la necesidad de mano de obra en las plantaciones de caña de azucar. Operación Canguro, lo llamaron. Algunos familiares del autor de Australia. Un viaje participaron en el programa y Carrión les visita y les entrevista, les obliga a hacer memoria y relatarse. Y, después, continúa viajando, sigue desplazándose en un puñado de semanas extenuantes, bordeando ese vastísimo continente como quien rastrea exhausto el mapa de su herencia genética. Viaja para conocer de dónde viene y para tratar de entenderse. Llega hasta los límites físicos, hasta la última frontera imaginable para un ibérico, hasta desvelar o reivindicar que el viaje (y no el turismo, que es un sucedáneo) es una secuela no traumática de la experiencia migrante. Que los grandes viajeros suelen provenir de familias que han incorporado el exilio a su ADN.
En esa tensión entre identidad y destino, entre irse y echar raíces, vive el ser humano peleado consigo mismo desde hace miles de años. Lo reflexiona el propio Carrión hacia el final del texto: si muchos animales, como los pájaros, encuentran en la migración repetida un significado de vida y de especie, por qué los hombres habrían de ser distintos. El propio mecanismo de la reproducción mamífera es un simulacro de huída, al nacer somos expulsados del útero materno y a partir de ese momento la vida es una pugna de emancipación frente al deseo de los progenitores de retenernos a su lado.
Todo eso nos cuenta Carrión en un libro en el que la escritura y el propio viaje que la alimenta brotan desde una misma actitud: la desmitificación de la figura del viajero, el afán por moldear el tránsito con las lecturas que lo enriquecen, sin perder la capacidad de asombro.
Hace ya dos años, pateé Madrid intentando contar la peor huelga de Metro que se recuerda. En los días que precedieron al lío también comprobé de primera mano cómo se iba cocinando un pulso entre autoridades y huelguistas que auguraba el desenlace tumultuoso que se produjo al final. Pese a ser convocada a principios del verano, aquellos dos o tres días sin suburbano trastocaron el ritmo de la ciudad.
En aquel momento casi nadie titubeó: menudearon expresiones como huelga salvaje, paro ilegal, chantaje. Todos nos convencimos de que la voluntad de unos pocos, por más que sus reivindicaciones fueran loables, no podía entorpecer la libertad o las comodidades de una gran mayoría. Después, durante aquel famoso paro de los controladores aéreos se dejaron caer comparaciones con la huelga de los maquinistas suburbanos; cuando en realidad poco tenían que ver ambos conflictos. No se debería poner en pie de igualdad la defensa de unos derechos con el empecinamiento en conservar unos privilegios flagrantes.
Pero eso es harina de otro costal. Lo que me hace recordar hoy la huelga de los conductores del metro es el tratamiento que se les dio. Se parece mucho a la mirada que reciben hoy los mineros del norte, caricaturizados como un sector mortecino y engordado de subvenciones, cuya protesta se contempla como una cosa entre romántica y montaraz, pero anticuada, en todo caso.
Lo cierto es que, al igual que otras muchas realidades que parecían periclitadas, la gran depresión en la que estamos inmersos parece haber resucitado, aunque sólo sea encarnada en los mineros, una variante muy ortodoxa de la lucha obrera.
Y, sin embargo, como ocurrió con el paro del Metro, nos sorprendemos ahora de que la indignación también acabe floreciendo en forma de violencia, cuando, objetivamente, ese tipo de respuestas en según qué circunstancias deben entenderse como una reacción natural. Desagradable, puede. Pero innata, sin duda. Poniéndonos demagogos, podríamos incluso afirmar que las huelgas son salvajes, o si no, son un sucedáneo. Las manifestaciones, los piquetes, los neumáticos ardiendo,… son estampas connaturales a una lucha obrera que por algo se llama lucha. No se trata de vindicar la violencia, sino de aclarar que la falta de horizontes, la desesperación total, también es un prolegómeno de esa violencia.